
Mateo 4:17
Vivimos en una época en la que muchos confunden el amor con aprobar cualquier conducta; y la verdad con condenar a las personas. Sin embargo, Jesús nunca hizo ninguna de las dos cosas.
La Biblia enseña que todos hemos pecado y estamos separados de Dios (Romanos 3:23). No existe un tipo de personas que necesite más el evangelio que otra; todos necesitamos el perdón, la gracia y la transformación que solo Jesucristo puede ofrecer.
Por eso, el llamado de Dios es el mismo para todos:
“Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”
Mateo 4:17
El arrepentimiento no consiste en justificar nuestro pecado ni en adaptarlo según la situación. Consiste en reconocerlo delante de Dios, apartarnos de él y confiar en Jesucristo para ser transformados.
Como creyentes, estamos llamados a ser sal y luz en este mundo (Mateo 5:13–16). Eso significa reflejar el carácter de Cristo: amar a las personas, servir con humildad y anunciar la verdad con compasión. Como luz debemos llevarla a quienes están en tinieblas, como sal debemos preservar los principios de Dios.
También significa no usar la Biblia para lastimar o manipular a otros. Jesús condenó la hipocresía y enseñó que primero debemos examinar nuestro propio corazón antes de señalar el pecado ajeno (Mateo 7:1–5).
Pero amar tampoco significa llamar bueno a lo que Dios llama pecado. El apóstol Pablo escribió que no solo es peligroso practicar el pecado, sino también aprobarlo (Romanos 1:32). El verdadero amor busca el bien eterno de las personas, y por eso no puede separar la gracia de la verdad.
Jesús nos dio el ejemplo perfecto. A la mujer sorprendida en adulterio le dijo:
“Ni yo te condeno; vete, y desde ahora no peques más.”
Juan 8:11
Observa el equilibrio de Cristo: no la condenó, pero tampoco justificó su pecado. Le ofreció misericordia y, al mismo tiempo, un llamado a una vida nueva. La misericordia de Dios es para quienes se arrepienten y abandonan el vivir en pecado.
Ese sigue siendo el mensaje del evangelio hoy. No estamos llamados a condenar a nadie, porque solo Dios es el Juez perfecto. Tampoco estamos llamados a guardar silencio frente al pecado. Estamos llamados a hablar la verdad en amor (Efesios 4:15), recordando que nosotros también fuimos alcanzados por la gracia.
Que nuestras palabras siempre reflejen el corazón de Jesús: llenas de verdad, llenas de amor y llenas de esperanza. Porque el propósito del evangelio no es condenar al pecador, sino conducirlo al Salvador, quien tiene poder para perdonar, restaurar y transformar toda vida que se rinde a Él y decide andar en obediencia a Su Palabra.
Dios te bendiga y te guíe siempre por el Camino que debes andar.
Por tu Encuentro con Jesús,
-Ani Garza T
